martes, 13 de febrero de 2007

Dostoievski en domingo

Ah, esas torpes tardes de domingo, sumideros de tiempo malgastado, pura encarnación del tedio… Anoche tomaste unas cervezas con los amigos, te has levantado tarde y el día parece ya perdido irremisiblemente. No sabes qué hacer; todo está cerrado, no hay ni un alma en la calle… y para colmo hace un día feo feo, pero feo de cojones. Miras por la ventana y se dibujan al fondo, sobre un paisaje inconfundiblemente valenciano, esos horribles bloques de hormigón pintados de rojo y blanco que tanto odias. La extraña luz de la tarde otorga a todo un halo postapocalíptico, como si el mundo hubiera terminado hace años…

Por esto y mucho más el domingo es un día perfecto para entregarte al vicio de la lectura. Un poco cansado de prosas académicas, exangües y amojamadas, me decido por Dostoievski y sus Memorias del Subsuelo, una novela corta (de unas 120 o 130 páginas). La celebérrima Crimen y Castigo ya me dejó una enorme huella debido a su increíble y vertiginosa profundidad y al acabarla no dudé que frecuentaría a este escritor. Y es que la obra de Dostoievski es una obra con una sustancia interior; nada que ver con estériles ejercicios de sofisticación literaria. Muy por el contrario, su estilo se parece a un torrente de palabras, más bien chapucero, deslavazado y excesivo, en el que los personajes que aparecen tienden a hablar, hablar y hablar sin medida alguna. El protagonista, sin nombre concreto, se pasa toda la primera parte de la novela divagando, interpelando al lector, como presa de un estado febril. Confieso que llegó un momento en el que llegué a pensar para mis adentros: "¿Se callará alguna vez este pedazo de cabrón?"

Es tarea casi imposible citar debidamente a Dostoievski, porque no hay ni una página, ni un fragmento, ni una frase realmente destacable. Eso es una gran ventaja: así es más complicado ser reducido a citas deformantes en las televisiones municipales y en los sobrecillos de azúcar. Es preciso sumergirse hasta el fondo, pasar por todo el fárrago, la paja (jiji) y el exceso. Si se concentraran los momentos de mayor intensidad, a modo de frases lapidarias, si se tratara de depurarlo y de convertirlo en una especie de juego intelectual, resultaría insoportable; es necesario tomar aire de vez en cuando para acometer lo que vendrá después. Quiero decir con esto que poco tiene que ver con un Borges (y fue el propio Borges quien dijo que "Dostoievski no debe ser juzgado por cada página sino por la suma de páginas que componen el libro"). Estoy totalmente de acuerdo. Dicho esto, he de señalar que mi conocimiento de la obra de Borges es prácticamente nulo, aunque sí me han interesado algunas veces sus juicios acerca de otros escritores…

El bueno de Cioran –un autor por cierto tremendamente fácil de citar- destacaba a Dostoievski por “su dimensión religiosa que raya a la vez en el delirio y en el último límite de dicha dimensión”. Lo consideraba el escritor “más complicado, más profundo de todos los tiempos”. No es de extrañar que el durante un tiempo miembro de la Guardia de Hierro de Codreanu,un hombre que en su juventud era capaz de espantar a gente por la sencilla razón de que “no eran Shakespeare” sintiera devoción por él. Casi lo puedo ver como un personaje del gran escritor ruso.

Aunque en realidad cualquier ser que camine erguido puede verse dentro de su mundo literario. Es vertiginoso. Es vertiginoso el descenso que nos ofrece a los rincones más oscuros y vergonzantes, es vertiginoso bajar hasta encontrar nuestro reflejo en personajes monstruosos y enloquecidos.Y también emocionante. Raskolnikov, Kirilov, Stavrogin… La venganza, el asesinato, el remordimiento, el absurdo…Todos somos capaces de partirle la cabeza a la vieja prestamista de los cojones, al profesor, al jefe, al vecino… siempre, siempre hay algún tocapelotas, alguien que nos irrita y al que le hundiríamos gustosamente un hacha en el cuello. Pero lo disimulamos fetén, oiga. ¡Por la cuenta que nos trae!

En cualquier caso, no es aconsejable matar en domingo. El domingo es día de misa, de paella, de resaca, de pajones castellanos, incluso de retozar, pero no de matar. El día de matar siempre ha sido y será el lunes. ¡Hoy me habría cargado a unos doce por lo menos!

No, ahora en serio: repórtense. No maten a nadie. Y si matan, que no les pillen, como cuando copiaban en los exámenes.

Y lean a Dostoievski.

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