miércoles, 31 de enero de 2007

Some things hurt more, much more than cars and girls

¡Por Tutatis! Tengo esto un poco abandonado, pero es natural, puesto que es tiempo de exámenes y no tengo mucho tiempo para andar por aquí escribiendo chorradas. Eso tampoco importa, querido lector, porque probablemente ni existes. Me temo que prácticamente nadie lee las eyaculaciones de semen grumoso y virtual que voy dejando por aquí periódicamente; y me la suda. Pero, ¿y lo a gusto que me quedo yo? Puede que con mis pajotes sólo contribuya a la saturación de la blogosfera, pero bah, sinceramente, que se joda la blogosfera. He visto blogs de gente que haría mejor metiéndose la cabeza y las manos en el culo. Aunque, todo hay que decirlo, otros son muy buenos y me tienen jodidamente enganchado y contribuyen a que pierda más y más tiempo… pero a veces el tiempo perdido es tiempo ganado. Don’t forget that. A squid eating dough in a polyethylene bag is fast and bulbous, got me?

La otra noche, mientras degustaba un kebab, con su envoltorio de papel de aluminio y el mezcladillo de salsas chorreándome por los dedos (soy un maldito yonqui), pillé por casualidad en la tele un documentalillo sobre coches del pasado. Volvió a mi memoria el auténtico amor que sentía de pequeño por los coches. Creo que era una aproximación sobre todo estética, o por lo menos algo cercano al fetichismo (otro más… ¿es grave, doctor?), ya que yo no conduzco, ni tengo intención por el momento. Conducir por las ciudades me parece algo espantoso y la saturación, los atascos, el precio del crudo y los conductores enloquecidos tras el volante no contribuyen a que me anime. Además creo que soy incapaz de conducir, no sé muy bien por qué. He comprobado un hecho curioso, y es que la gran mayoría de los dibujantes de historietas no conducen. Yo no soy dibujante de historietas -al menos no profesional- aunque siempre he tenido cierta facilidad para el dibujo y la observación, lo que me hace preguntarme si tendrá algo que ver la habilidad para el dibujo con la ineptitud para la conducción. Más significativo todavía es el hecho de que yo no quería ser Ayrton Senna o Fernando Alonso (al que detesto con toda mi alma) sino un Giorgetto Giugiaro, esto es, diseñador de coches. Esa era mi respuesta cuando me preguntaban que quería ser de mayor: diseñador de coches. Todos decían: “Médico”, “abogado”, o “matemático”, pero yo no, yo decía “diseñador de coches”. Fue entonces cuando me encontré con las primeras muestras de incomprensión ajena. Sabía que debía acostumbrarme a ellas.

La seguridad es lo más importante

Había unos cuantos modelos por los que sentía verdadera atracción y que jamás dibujaba estampados contra una pared o en el fondo de un barranco (caso del Seat Panda o el Opel Corsa) porque eran jodidamente bellos y exóticos. Lo de dibujar coches destrozados no tiene nada que ver con Crash de Ballard (ya saben, carne y sangre fundidas con metal y demás), sino que simplemente me resultaba gracioso.

Estos son algunos de los coches que me sumían en un síndrome de Stendhal profundo:

Ferrari Testarossa: Esa inconfundible toma de aire del lateral siempre me ha parecido preciosa, una cumbre del diseño moderno, inmediatamente reconocible. Una exquisitez superior aún a los discos de Siesta o al exprimidor de Philippe Starck.

Lamborghini Countach: Lo más parecido a un coche alienígena, exótico e inalcanzable. Probablemente si lo hubiera visto por la calle alguna vez me habría corrido siete veces seguidas.

Lotus Esprit: Tiene forma de cuña, muy chuli y ochentero. De nuevo, es un supercoche imposible de poseer para los no potentados, aunque un poco menos inalcanzable que el Countach. El diseño es de Giugiaro.

Mercedes 300 SL: Emblemático diseño alemán con esas puertas tan guapas que se abren hacia arriba ("gullwing").

Pontiac Trans-Am: El coche fantástico. ¿Qué más puedo decir? Pues puedo decir… David Hasselhoff. Pulsen el enlace si quieren, pero les advierto:es fuerte. No digan que no les avisé.

Sí, da miedo

domingo, 21 de enero de 2007

Mi giganta soñada

Es de noche. Me abro paso entre una extraña maleza. Las ramas crujen con estrépito al pisarlas y me da miedo que alguien me descubra. Después de un buen rato batallando con arbustos, hojarasca y hierbajos varios, me encuentro en un inhóspito y yermo lugar. Hacia los lados únicamente se ve el horizonte; miro hacia arriba y la luna está casi llena, tan sólo un pequeño mordisco la priva de su brillante y femenina plenitud. No sé hacia dónde seguir, me siento perdido y solo. Avanzo con miedo; no sé adónde voy, no veo nada, estoy empezando a desesperarme.

Pero entonces veo aparecer, allá al fondo, una extraña protuberancia. ¿Es eso una colina? Corro hacia ella con todas mis fuerzas. A medida que me acerco, su textura se va revelando poco a poco. ¡Es una colina de piel! La luna la ilumina de pleno y advierto también que es suave; es la piel de una mujer. ¡Vaya suerte! No sé por dónde empezar…

Subo por ella, la muerdo, la agarro bien fuerte, me tumbo, luego salto… me siento colmado. Estoy rodeado de piel suave, tersa y cálida. Arriba otros dos globos de carne, rematados por dos sublimes pezones, que superan en su armonía y proporción a toda arquitectura salida de la mano del hombre. Son más grandes que yo: cuando me abrazo a ellos no puedo abarcarlos por completo.

Gustave Courbet, El Origen del Mundo

Más abajo veo una vulva gigantesca, húmeda y cálida, con olor a mar. Me invita a entrar. El ano, como un gran sol de carne, acompaña la entrada. Es el momento de… ¿volver al útero?

No lo sé, porque es entonces cuando me despierto. ¡Bah!

Me pregunto de dónde habrá salido todo eso. ¿Tendrá algo que ver con este poema del genial Baudelaire? Aunque también podría ser un rollo a lo Robert Crumb…

LA GÉANTE

"Du temps que la nature en sa verve puissante
Concevait chaque jour des enfants monstrueux,
J’eusse aimé vivre auprès d’une jeune géante,
Comme aux pieds d’une reine un chat voluptueux.

J’eusse aimé voir son corps fleurir avec son âme
Et grandir librement de ses terribles jeux;
Deviner si son coeur couve une sombre flamme
Aux humides brouillards qui nagent dans ses yeux,

Parcourir à loisir ses magnifiques formes;
Ramper sur le versant de ses genoux énormes,
Et parfois en été, quand les soleils malsains,

Lasse, la font s’étendre à travers la campagne,
Dormir nochalamment à l’ombre de ses seins,
Comme un hameau paisible au pied d’une montagne."

Whoa, babe!

lunes, 15 de enero de 2007

Kavafis y las Ítacas

El otro día comentaba con una bellísima amiga de nombre griego que cuando leo poesía soy muy selectivo; ella decía que también. Y es que de los poetas que he leído -que no son demasiados- puedo decir que una minoría muy selecta son habituales (ahora mismo Baudelaire, especialmente), mientras que hay otros que no puedo soportar; me repelen desde el momento en que abro el libro. Pueden ser múltiples los motivos. Por ejemplo, si un político se pone a recitar un poema, por lo que a mí respecta lo ha destrozado para siempre. Hará cosa de un mes salió en la tele Zapatero recitando al peñazo de Gamoneda (aunque dudo que este hubiera llegado jamás a ser de mis habituales) y tuve que cambiar de canal. A Aznar creo que le molaba más Pemán.

Hoy me ha venido a la cabeza uno de mis poemas preferidos de todos los tiempos, del griego Kavafis. Ahora que recuerdo, a Alfonso Guerra le gustaba Kavafis... aunque creo que nunca tuvo la indelicadeza de destrozarlo. Pero bueno, también le gusta a Panero. Es éste, posiblemente uno de los más conocidos:

Constantino Kavafis - Ítaca


Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de descubrimientos.
A Lestrígones, Cíclopes,
al colérico Poseidón - no temas:
nunca hallarás tales seres en tu camino,
nunca mientras altos sean tus pensamientos,
mientras una extraña emoción
estimule tu alma y tu cuerpo.
A Lestrígones, Cíclopes,
al fiero Poseidón, nunca encontrarás
a menos que en tu alma los lleves dentro,
a menos que tu alma los ponga ante ti.

Ruega que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano en que,
con gran placer y alegría,
entres en puertos desconocidos;
podrías detenerte en los mercados de Fenicia
y comprar hermosas cosas,
coral y nácar, ámbar y ébano,
toda clase de perfumes sensuales...
adquiere tantos como puedas:
podrías visitar muchas ciudades egipcias
y no dejar de aprender de sus sabios.
Que siempre Ítaca esté en tu pensamiento.

Llegar ahí es tu destino.
Pero nunca apresures el viaje.
Es preferible que dure años,
que seas viejo cuando alcances la isla,
rico con todo lo que habrás ganado en el camino,
sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico.
Ítaca te dio un maravilloso viaje.
Sin ella no habrías partido.
Pero ya no tiene más que darte.

Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado.
Sabio como te has hecho, tan pleno de experiencia,
habrás entendido lo que significan las Ítacas.

Después de leerlo me dan ganas de leer la Odisea de nuevo, y también de hacer un viaje por Grecia. Aunque primero puede que me pase por Salamanca...

domingo, 14 de enero de 2007

La Leyenda Dorada

Los santos… ¡Qué almas tan apasionadas! Leo una selección de La leyenda dorada, publicada en Alianza (la versión completa es muy cara, y además son demasiados santos). Es un libro de un dominico italiano del siglo XIII llamado Santiago de la Vorágine, que colecciona milagros y curiosidades acerca de estos personajes tan disparatados. Fue un libro bastante popular y sirvió como fuente iconográfica para muchos artistas, por ejemplo Giotto. El deseo de conectar con el alma del pueblo, a la que no se podía apabullar con disquisiciones teológicas ni ritos iniciáticos, hace que el libro se centre en la anécdota y en el chisme. En todas las historias, los santos son como kamikazes, por lo menos. Tomemos como ejemplo la historia de Santa Lucía:

La madre de Lucía, Eutiquia, sufre de hemorragias. Cuando ambas van a visitar el sepulcro de Santa Águeda, ésta cura los males de Eutiquia. Así que Lucía decide que todo el dinero que le corresponde como dote para su inminente casamiento, debe ser donado sin dilación a los pobres. “No vuelvas a hablarme de matrimonio”, dice Lucía a su madre. El pobre novio no comprende nada, y loco de ira, va a denunciarla al cónsul Pascasio.

Cuando Lucía se encuentra ante el cónsul, como de costumbre, lo desespera con sus soflamas: “Los corruptores de la mente sois vosotros, que tratáis de que las almas deserten del servicio que deben prestar a su creador”. “Cuantos viven limpiamente son templos del divino Espíritu”. Pascasio, irritado, dice: “Haré que te lleven a un lupanar, serás violada y dejarás de ser templo de ese Espíritu divino.” Entonces Lucía responde aquello de que si la mente no consiente, el cuerpo no queda mancillado.

Pero toda hagiografía parece incompleta sin un pasaje que contemple el suplicio. En este momento la santa, envalentonada por el Espíritu divino, suplica que la violen, la despedacen y la estrangulen y lo que haga falta. Pero nadie puede moverla de su sitio; sus pies permanecen fijados al suelo. “¡Qué clase de encantamiento es este que ni con mil hombres ni mil parejas de bueyes puedo mover a esta meretriz!” Pascasio ordena que la ahoguen con orines –parece que este líquido tenía la virtud de deshacer encantamientos; para los seguidores de Txumari Alfaro y su inefable programa, ahí va otra aplicación posible para la agüita amarilla- pero nanay, la santa no se mueve. Podemos imaginar al bueno de Pascasio, adoptando poco a poco el semblante del Coyote, sudando la gota gorda mientras comprueba que ni prendiéndole fuego hay manera de matarla.

Martirio de San Felipe, José de Ribera

Finalmente, uno de sus esbirros, aterrorizado por el crispado semblante de su jefe, le atraviesa la garganta a la santa con su espada. Pascasio sonríe por fin, pero Lucía todavía tiene tiempo para anunciar la paz que ha sido concedida a la Iglesia. En ese momento, prenden a Pascasio, porque se han enterado de que es un perillán que se dedica a saquear la provincia, y es condenado a muerte: triste final para Pascasio, que muere de la forma más indigna, mientras la santa permanece viva a pesar de que han improvisado una brocheta con ella. En el momento de expirar, unos sacerdotes que pasaban por allí se han encargado de administrarle el sacramento, y de pronunciar el sempiterno “Amén” a coro. Es el año 310 de la era de Nuestro Señor, siendo emperadores Constantino y Majencio.

Santa Lucía es la patrona de la vista, como se encargó de recordarme mi abuela bien a menudo cuando me pusieron las primeras gafas, pero en esta versión no aparece nada que tenga que ver con ello. Recordemos que en la representación habitual de Santa Lucía, aparece con un plato en la mano, que contiene sus ojos arrancados. Supongo que la Iglesia consideró necesario renovar su imagen y hacerla un poco más gruesome para conectar con las masas. No sé. La verdad es que de los Evangelios a las estampitas hay un largo camino, y poco a poco se observa como el cristianismo, sobre todo en los países católicos, va perdiendo su carácter místico para convertirse en una cosa populachera, histérica y de mal rollo. Algunos grandes artistas lo recuperan en sus obras, mientras otros se pierden en ese horterismo de plañideras. Nada que ver con el estoicismo de Marco Aurelio, o con la meditación de los monjes orientales. Aunque reconozco que algunos excesos, sobre todo los de los místicos y algunos santos, me fascinan. Escuchemos lo que dice Angela de Foligno: “Contemplo, en el abismo en que me veo caída, la sobreabundancia de mis iniquidades, busco inútilmente cómo descubrirlos y mostrarlos al mundo, quisiera ir desnuda por las ciudades y las plazas, con pedazos de carne y pescado colgados de mi cuello, y gritar: ¡aquí tenéis a la criatura más vil!”. He aquí un temperamento fuerte y alejado de la tibieza. ¡Así quiero yo a mis compañeras de cama!

Todas las historias son más o menos parecidas. Santa Margarita también desea morir por Cristo, y mientras los secuaces del romano de turno la golpean con varas y con garfios, proclama la salvación de su alma por la destrucción del cuerpo. El romano no puede seguir contemplando el espectáculo y ordena que la devuelvan a la cárcel. Allí la santa pide al de arriba que le muestre cuál es el enemigo, y surge un enorme dragón que desaparece en cuanto Margarita hace el signo de la cruz. En este momento Santiago de la Vorágine dice, de manera un tanto sorprendente: “En algún libro se lee una versión un poco diferente en relación con este episodio del dragón: en tal libro se dice que el dragón, al surgir ante Margarita, hizo un movimiento rapidísimo, sujetó con su boca la cabeza de la joven; con su larguísima lengua envolvióle los pies, tiro de ellos hacia sus fauces, formó con el cuerpo de la santa un ovillo y lo engulló; pero Margarita, al pasar por la garganta de la infernal bestia, se santiguó; mientras se santiguaba llegó al estómago del dragón y, en cuanto llegó, el horrible monstruo reventó y ella salió incólume de las entrañas de aquel bicho descomunal. Yo opino que esto de que el dragón llegara a tragarla, que reventara, parece poco serio; probablemente se trata de una invención; en consecuencia, no debe ser creído el relato que hace el aludido libro acerca de este episodio”.

Santa Margarita y el dragón

Es muy curioso que considere esa historia inverosímil, después de todo lo que nos ha contado. Pero lo que más me fascina de todo esto, al final, ni siquiera son las historias de los santos, sino el hecho de que toda esta gente se las creía. Si el autor no alertara de su dudosa veracidad, la gente se tragaría lo del dragón sin ningún problema. No interponían ningún tipo de filtro entre realidad y ficción. Lo que para nosotros son historias disparatadas, para ellos era la historia. Como el niño que mira debajo de la cama porque cree que hay monstruos, esta gente vivía con gárgolas, dragones y milagros de todo tipo fundiéndose sin esfuerzo con lo cotidiano.

Sí, eso es lo que realmente envidio: su capacidad para fundir la realidad con la ficción, o mejor dicho: su incapacidad para separarlas. Recordemos: “La realidad, en el fondo de la noche, no es más material que el sueño luminoso…”

miércoles, 3 de enero de 2007

Wasted Again

Bueno, parece que ya estoy al fin recuperado de mi absurdo desfase de Nochevieja. Todavía estoy encontrándome pupas y hematomas por todo el cuerpo, resultado de las hostias que me pegué contra el suelo. A mis amigos les pareció muy divertido, claro, pero pensándolo ahora en frío no lo es tanto, porque podría haberme partido perfectamente la cara contra el pavimento… de hecho me duele la mandíbula aún del golpe. En fin, al menos nadie lo ha grabado en vídeo para subirlo al Youtube.

Una noche aburrida (por lo menos durante la parte que recuerdo), una proporción de féminas por metro cuadrado paupérrima, y para remate, ese nauseabundo tóxico -y descaradamente legal- con el que se envenena el cerebro de las personas -o similares-, conocido popularmente como garrafón. No quiero ni saber el destrozo que habrá causado esa basura en mi sesera. Dos simples cubatas -añadido a unas cuantas copas de más calidad que me administré durante la cena y de las que no debería haber pasado- se bastaron para provocarme un cebollazo antológico.

El resultado, una resaca de mal rollo increíble, depresión, etcétera. Me tragué entera una puta película de cuatro horas (más anuncios) con Patrick Swayze como protagonista. En serio, no puedo entender que haya gente que se deje meter ese veneno cada fin de semana. Porque eso es lo que es: un veneno y nada más. Mira que había conseguido mantenerme bien alejado de él durante mucho tiempo, pero como un gilipollas he vuelto a caer en la trampa. El garrafón está hecho para cenutrios y tunantes sin gusto alguno y que quieran autodestruirse rápidamente, pero no es ese mi caso, carambolas.

Aunque lo que me deprime aún más es comprobar el uso que mucha gente a mi alrededor hace de las drogas: consumo compulsivo, irresponsable, obtuso, reiterado y subnormal. Alcohol, cocaína, y drogas sintéticas ganan por goleada, por supuesto. ¿Cuáles iban a ser, si no?

Pero nada, como siempre, la prohibición lo soluciona todo y aquí no se droga nadie. Papá Estado, líbranos de todo mal, ¡amén!

Ah, bueno, feliz año y todas esas mierdas.